• A diez años del ataque a Mónica Seles

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Hoy se cumplen diez años del ataque a Seles por un fanático de Graf, un hecho que trascendió al tenis y cambió la carrera de la serbio-estadounidense. Monica relata qué pasó ese día. “Recuerdo haber pensado que las cosas no podían estar saliendo mejor, que la decisión de jugar en Hamburgo, prepararme para Roland Garros, había sido la acertada. Estaba con mi familia y era la primera vez que mi hermano Zoltan viajaba conmigo a Europa.

Sólo me preocupaba una cosa: no iba a estar en forma suficiente para jugar. Despues de un virus que me mantuvo alejada de las canchas durante marzo y mitad de abril, me sentía débil. Jugué mis primeros partidos nerviosa; gané, pero no estaba satisfecha.

Aquél miércoles a la noche gané mi partido contra Patricia Tarabini. De regreso al hotel, mi chofer, un estudiante alemán, dijo que creía que nos venían siguiendo. ”Ajustate el cinturón, Monica, voy a tratar de perderlo”. Durante la siguiente media hora corrimos por la Autobahn a gran velocidad. El pequeño auto oscuro seguía detrás nuestro. No podíamos ver al conductor, sólo que no estaba acompañado. Al final lo perdimos. Nunca me había pasado algo así. Esa noche me costó dormir.

Volví a practicar el jueves por la mañana, con mucha gente en las tribunas. Era extraño que se despertaran tan temprano sólo para verme jugar. ”¿Cómo entraron al club?”, pensé. Intenté concentrarme, pero un hombre estaba fil-

mándome. Mi hermano Zoltan se acercó y le pidió que dejara de grabar, asegurándole que yo le daría un autógrafo más tarde. Le llevó un rato, pero finalmente lo convenció. No me sentía cómoda, y terminamos rápido.

”Voy a cambiarme”, le dije a mi padre. Caminé hacia el túnel que llevaba a los vestuarios. Había un hombre en la tribuna con una gorra de Arthur Ashe. Se dio vuelta al verme pasar. Lo miré y y sonreí; él me devolvió la sonrisa. ”A este tipo lo vi antes”, pensé. Había estado en el lobby del hotel el día anterior. Qué casualidad. Me apuré a cambiarme y encontrarme con los míos.

No sabía yo que mientras peloteaba con Zoltan, mi papá también había reconocido al hombre de la gorra. Se acercó a él y le dijo: ”Lindo clima en Hamburgo, ¿no?”. El hombre sonrió pero no respondió. Papá pensó en invitarlo a la cancha para que observara la práctica más cómodo, pero Zoltan le advirtió que eso podía comprometer mi seguridad.

Esa noche papá se sentía mal. Pensamos que podía tener el mismo virus que yo había tenido el mes anterior. Al día siguiente estaba tan enfermo que no pudo acompañarme en mi partido de cuartos de final contra Magdalena Maleeva. Mamá decidió quedarse con él. Zoltan también, pero dijo que iba a venir a ver el final del partido. ”No hay problema”, dije.

El encuentro comenzó alrededor de las cinco. El día era claro, pero como el sol se iba, hacía frío en la cancha. El primer set fue parejo. Magdalena es una buena jugadora de fondo y debí luchar para ganarle 6-4. Después me caí: perdí el control y comencé 0-3 en el segundo. Pude recomponerme y lo di vuelta: 4-3. Fui a la silla para el descanso de 60 segundos.

Estaba congelándome. Moví los pies para adelante y para atrás mientras secaba las frías gotas de transpiración de mi cuello. ”Concentrate así termina en dos sets”, me dije. Puse la toalla sobre mi cara para evitar las distracciones. Los pies seguían moviéndose. Sólo unos segundos y es tiempo de levantarse. Entonces, sentí un dolor increíble en la espalda.

Fue repentino, un punto que quemaba en la izquierda e irradiaba dolor por la espalda. Hubo un grito que fue más animal que humano. Un llanto de angustia que me costó reconocer como propio, aun cuando hizo eco en mis oídos. ¿Qué está pasando? Miré atrás y vi al hombre de la gorra sosteniendo un cuchillo con sangre con ambas manos. Levantó los brazos sobre su cabeza para atacar de nuevo, pero un guardia de seguridad lo sujetó.

No sé cómo me paré ni cómo caminé hacia la red. Estaba completamente en shock como para tener pensamientos racionales. Un espectador fue el primero en llegar: saltó desde las gradas y me sostuvo. Me sentí mareada y me desplomé sobre el polvo de ladrillo. El dolor era tremendo y, cuando toqué la herida, mi mano se había llenado de sangre.

Todo sucedía muy rápido. Apareció la fisioterapeuta Madeleine van Zoelen, vi a mi hermano… No hice más preguntas, sabía que él me protegería. Escuché sus palabras: ”Todo va a estar bien”, dijo y levantó mis pies. ”Seguí moviéndote, seguí moviéndote”, pidió. Después, se dirigió a la gente: ”Alguien que ayude”, gritó. ”Monica, aguantá”, dijo mientras Madeleine trabajaba sobre la herida.

Mis ojos enfocaron a Maleeva, una figura solitaria del otro lado de la red. Yo tosía. No conseguía aire. No podía respirar lo suficiente para contarle a alguien que tenía problemas para respirar. Recuerdo que quería que alguien me diera oxígeno. Nadie lo hizo. Me llevaron en camilla. Zoltan estaba detrás y me conducía hacia la ambulancia, que había tardado en llegar. ”Mamá y papá”, le susurré. ”Van a estar en el hospital”.

Imaginé muchas cosas. La palabra ”apuñalada”; nunca la había dicho, nunca pensé en ella. Había visto el cuchillo. El cuchillo estuvo en mi espalda. Adentro y afuera… Respirá, Monica, respirá. El tiempo en la ambulancia no pasaba nunca. Mis padres estaban en el hospital cuando llegué. Lloraban, se sentían muy mal por su hija como para intentar verse fuertes.

Me llevaron rápidamente a la sala de emergencias. Todo eran flashes de terror y dolor”.

Fuente: Diario Deportivo Olé

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